dimanche, janvier 01, 2012

Regálame un recuerdo


La segunda mesa a la izquierda, al lado de la ventana. No muy lejos de la puerta, no muy cercana a las demás mesas. Tenía el grado justo de intimidad, y una visión perfecta sobre el resto de “El Gran Café”.
Veinte años.
Durante cinco días a la semana, salvo los festivos, ella se plantaba en esa mesa. La segunda a la izquierda, al lado de la ventana.

Cuando abrió la puerta esa mañana, estaba ocupada. Se quedó mirando al señor que la ocupaba, con mala cara. Él no se dio cuenta. Para molestarla más, era la única mesa de la cafetería que estaba ocupada.
Se acercó con furia hacia la barra, mientras uno de los camareros ya estaba preparando el café con que la recibían cada día.

-“Están ocupando mi mesa.” - dijo.
-“Las mesas no tienen ningún nombre asignado, señora, y todas las demás están libres.”- le contestó el camarero.
-“Pero, pero... Ocupo esa mesa desde hace ya veinte años, vengo todos los días...” – explicó ella.
-“Cierto señora, pero no le puedo pedir a esa caballero que se cambie de mesa, porque usted quiera esa.”
-“Esto es incomprensible, yo quiero esa mesa. Me pertenece.” - exigió.
-“Siento discrepar, sé que es cliente habitual, pero todas las mesas pertenecen a un mismo dueño, que hoy, precisamente no está aquí, pero que le dirá lo mismo que yo.”
-“Deberían guardarme esa mesa, si me consideran como cliente habitual.”
-“Señora, aquí tiene su café, puede ponerse en esa mesa hoy, y yo le prometo que mañana, le tendré guardada esa mesa.”

Ella se sentó en otra mesa, con su café. Tenía una mirada triste. Pero estaba enfadada. El único instante del día en que podía disfrutar de un rato para ella y sus recuerdos se concentraban en esa mesa. Y ahora ¿que podía hacer? El hombre no se levantaba, y ella necesitaba su mesa, y seguir recordando, y seguir viviendo esos primeros momentos. Lo necesitaba, y ese hombre estaba estropeándole su alegría. Vio como otro camarero hablaba con el que le había atendido. Debían estar hablando de ella. Pero ¿qué podían comprender esos dos?

Por fin, el señor que ocupaba la segunda mesa a la izquierda, al lado de la ventana, se levantó, y tras dejar el importe de su consumición en la barra, se marchó sin mirar atrás.
La señora se levantó de la mesa, y tras quitar el plato, la taza y el periódico, se sentó con su café, y se quedó mirando su mesa, la mesa donde se sentaba cinco días a la semana, durante los últimos veinte años. Y acariciando el corazón tallado en la madera, leyó en voz baja...
“Juan ama a Ana”

Mientras tanto, fuera de “El Gran Café”, el hombre se ponía sus gafas de sol, y sonriente, se decía a sí mismo, que ese bar no había cambiando en esos últimos veinte años. El corazón, que un día escribió a su primer amor, seguía tallado en la misma mesa en la que se dieron el primer beso. ¿Dónde estaría ella ahora? - se preguntó mientras se alejaba del lugar.

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4 Comments:

Blogger Josini el asturianu said...

Hola, me llamo José Luis. Me gustaría escribir una crítica a este cuento. Aunque aún no me he molestado en saber quién es este autor, merece la pena, dada su exquisita calidad.

Tiene un defecto: Sobran las comillas en los diálogos. El guión de apertura del diálogo de un personaje, o en su caso la pleca (un guión más largo, que creo que es el signo oficial para los diálogos) se basta y sobra. Supongo que las comillas vendrán de alguna versión anterior, algo que estaba en la mente del autor y aún no ha quitado porque sigue en ella.

Tiene las siguientes virtudes:

1) La mesa es desde el primer instante un personaje, y es el núcleo simbólico de la historia, el objeto cargado de significado.

2) La doble lectura: una capa de significado más profunda. Cada lector puede interpretar a su gusto; yo leo que vivir con un recuerdo tan obsesionadamente hace que las personas dejemos de ver la realidad tal como es. En este caso, la mujer no reconoce a su antiguo amor. También hay aquí una tercera lectura: la de la vejez, el paso de nuestros días, el deterioro.

3) En el cuento hay intriga porque se dosifica la información. Primero se dice que cinco días a la semana esa mujer se sienta en la misma mesa del café, algo que entra dentro de lo normal. Luego ella dice que lo lleva haciendo veinte años. Esto requiere un poco más de análisis. Aquí juega un papel importante lo que no se dice, pero que sí se entiende: durante veinte años, nadie le ha "usurpado" esa mesa, y el lector puede entender que ella acude en un momento del día en que está libre; es decir, hay una obsesión neurótica. Luego ella reflexiona sobre que sus recuerdos se concentran en esa mesa. Uno ya sentía que sería un tema de nostalgia, pero ahora empezamos a entender que hay una nostalgia infinita, tal vez el recuerdo de un amor o de un hijo pequeño, o de un hermano. En seguida se concreta esta duda: ella trata de seguir viviendo esos "primeros momentos". Finalmente, ella se sienta en la mesa y acaricia el corazón tallado y lee para el lector "Juan ama a Ana". Llegados aquí, mi corazón de lector late, los pelos de mis brazos se erizan y el aura de mi pensamiento orbita alrededor de mi cabeza alocadamente.

Pero esto no era nada. Hasta aquí sólo nos hemos conmovido. Surge ahora un nuevo punto de vista, y con él una "vuelta de tuerca". Este giro, un punto de giro que supone el climax de la historia, hace pensar tantas cosas no dichas, hace completar la historia que estamos leyendo, la historia de ellos dos: ¿tuvo que marcharse repentinamente él, o ella, como en "Casablanca"? ¿Se enfadaron?

En cualquier caso, trae este cuento un recuerdo de nuestro primer beso, que rara vez es el último, lo que lo envuelve en preguntas nostálgicas y atormentadoras: ¿qué hubiera sido de mi vida si...? Claro, no podemos vivir así, preguntándonos continuamente por aquello y aquel amor, porque entonces nos pasará como a Ana.

Gracias por esta obra de arte.

3:50 PM  
Blogger Josini el asturianu said...

Hola, me llamo José Luis. Me gustaría escribir una crítica a este cuento. Aunque aún no me he molestado en saber quién es este autor, merece la pena, dada su exquisita calidad.

Tiene un defecto: Sobran las comillas en los diálogos. El guión de apertura del diálogo de un personaje, o en su caso la pleca (un guión más largo, que creo que es el signo oficial para los diálogos) se basta y sobra. Supongo que las comillas vendrán de alguna versión anterior, algo que estaba en la mente del autor y aún no ha quitado porque sigue en ella.

Tiene las siguientes virtudes:

1) La mesa es desde el primer instante un personaje, y es el núcleo simbólico de la historia, el objeto cargado de significado.

2) La doble lectura: una capa de significado más profunda. Cada lector puede interpretar a su gusto; yo leo que vivir con un recuerdo tan obsesionadamente hace que las personas dejemos de ver la realidad tal como es. En este caso, la mujer no reconoce a su antiguo amor. También hay aquí una tercera lectura: la de la vejez, el paso de nuestros días, el deterioro.

3) En el cuento hay intriga porque se dosifica la información. Primero se dice que cinco días a la semana esa mujer se sienta en la misma mesa del café, algo que entra dentro de lo normal. Luego ella dice que lo lleva haciendo veinte años. Esto requiere un poco más de análisis. Aquí juega un papel importante lo que no se dice, pero que sí se entiende: durante veinte años, nadie le ha "usurpado" esa mesa, y el lector puede entender que ella acude en un momento del día en que está libre; es decir, hay una obsesión neurótica. Luego ella reflexiona sobre que sus recuerdos se concentran en esa mesa. Uno ya sentía que sería un tema de nostalgia, pero ahora empezamos a entender que hay una nostalgia infinita, tal vez el recuerdo de un amor o de un hijo pequeño, o de un hermano. En seguida se concreta esta duda: ella trata de seguir viviendo esos "primeros momentos". Finalmente, ella se sienta en la mesa y acaricia el corazón tallado y lee para el lector "Juan ama a Ana". Llegados aquí, mi corazón de lector late, los pelos de mis brazos se erizan y el aura de mi pensamiento orbita alrededor de mi cabeza alocadamente.

Pero esto no era nada. Hasta aquí sólo nos hemos conmovido. Surge ahora un nuevo punto de vista, y con él una "vuelta de tuerca". Este giro, un punto de giro que supone el climax de la historia, hace pensar tantas cosas no dichas, hace completar la historia que estamos leyendo, la historia de ellos dos: ¿tuvo que marcharse repentinamente él, o ella, como en "Casablanca"? ¿Se enfadaron?

En cualquier caso, trae este cuento un recuerdo de nuestro primer beso, que rara vez es el último, lo que lo envuelve en preguntas nostálgicas y atormentadoras: ¿qué hubiera sido de mi vida si...? Claro, no podemos vivir así, preguntándonos continuamente por aquello y aquel amor, porque entonces nos pasará como a Ana.

Gracias por esta obra de arte.

3:50 PM  
Blogger Josini el asturianu said...

Continúo con la crítica:

4) Los diálogos con los camareros son muy verosímiles para el nombre de la cafetería: "El Gran Café". Uno se imagina un café no sólo de aspecto acogedor, un café grande..., también uno donde el camarero es especialmente atento y tiene un lenguaje formal.

5) No le falta nada ni le sobra nada. Hay un momento en que la protagonista ve a los camareros hablar entre sí y se imagina que hablan sobre ella. Según el minimalismo de los cuentos, como no está relacionado directamente con la historia, podría eliminarse esa parte. Pero eso también le da verosimilitud a la historia, un aire real: nosotros nos fijaríamos en el personaje que se ha sentado en nuestra mesa, pero también en los posibles cuchicheos o tejemanejes de los camareros, sobre todo en un estado mental ligeramente obsesivo. Definitivamente, es una parte del cuento que le da la rugosidad de lo multidimensional.

Puede decirse de este cuento que es fino, escueto y compacto. Los mejores cuentos no son necesariamente largos, y éste impacta y conmueve con una historia mínima que, por debajo, nos invita a imaginar lo que no se nos cuenta y ésto, mediante este mecanismo, se convierte en una historia máxima.

6) Otra de sus grandes virtudes es el final, porque ese punto de giro le es una sorpresa. Ya hablé antes de la "vuelta de tuerca". El cambio de perspectiva narrativa, el pasar de la mente de Ana a la de Juan, hace que un cuento ya finalizado de repente salte de las páginas. Después de acabar en Juan, acabar en Ana nos hubiera parecido un final aceptable pero soso. Los finales han de tener algo de sorpresa y algo de excepcionalidad, de mágico, y ésto se consigue en este cuento con la "sincronicidad", ese término jugiano que habla de los fenómenos que unen los acontecimientos exteriores con el mundo interior y personal. En esta historia parece haber algo de "justicia de la vida", como si ésta lo envolviese todo en un círculo e hiciese gravitar a los dos personajes hacia el centro.

9:18 PM  
Blogger Bergeronnette said...

Hola, perdona por contestar tan tarde, pero me acabo de dar cuenta que tenía los comentarios pendientes de moderación...
de momento, gracias por leerme y comentar. Y ahora sigo.
Gracias por tu paciencia

8:05 PM  

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