mardi, mai 22, 2012

El encuentro de Zephyros con Juan


Rondaba el mediodía. En las ramblas, personas desocupada paseaba tomando el sol; otras, caminaban llevando bolsas o carpetas, con cara de enfado. Y otras pocas estaban sentadas en los bancos, viendo pasar el tiempo.

Zephyros, era uno de estos últimos. Había llegado hacía unos minutos. No tenía pensado quedarse allí, pero había visto a su prima Calima bajar por las montañas, y decidió esperarla.
Eso le permitió observar y escuchar. 

Un hombre acababa de llegar a las ramblas. Llevaba una caja de cartón, que transportaba en un carrito, una maleta y unas tablas. En unos pocos instantes, transformó estas últimas en una mesa de camping, de la maleta sacó unos cuantos libros, y de la caja de cartón, el resto de libros, más grandes.

Puso un cartel. Y se sentó en la jardinera, en frente de su puesto. De allí, con cara lánguida, dejó caer su cabeza entre las manos, y esperó.

En el rato que estuvo Zephyros allí, tan solo dos personas se acercaron. No llegó a ver si compraron o no. ¿Qué le habría llevado a estar allí? ¿Por qué vendería esos libros?

Zephyros consideraba cada libro que pasaba entre sus manos, un pequeño tesoro. Y cada vez que releía uno, descubría detalles que se le habían pasado por alto en una primera lectura. Y ¡su estado de ánimo! Si estaba alegre, leer una historia era diferente a leerla triste o enfadado.

Su duda se resolvió al escuchar a una chica hablar con el desconocido. Su tono de voz, vagamente familiar, preguntaba con extrañeza el porqué del puesto.

-Con los tiempos que corren, sin trabajo, y sin ninguna prestación económica por parte de la administración, he tenido que encontrar un método que me permita subsistir. No hago daño a nadie, puedo alegrar a alguien al poner parte de mi biblioteca a la venta, y gano unas “perrillas” con las que alimentar y cuidar a mi familia.

-Este libro tiene muy buena pinta. Pero me da pena que ya no lo puedas volver a leer.

-No te preocupes. Esto no es más que una situación pasajera. Estoy seguro que saldremos de este bache. Y cuando lo hagamos, volveré a leer este y otros muchos más.

-Me lo llevo entonces, pero vamos a hacer un trato. Como veo que eres un voraz lector, y piensas como yo, te voy a pagar este libro por el importe que pone en tu cartel, te voy a hacer toda la publicidad que pueda para que la gente venga a comprarte tus libros. Pero…

-Sí, ¿dime?

-Dentro de un mes, o de dos meses, o un año, el tiempo que tú me digas, quedamos en este mismo lugar. Al mediodía. Y te devuelvo tu libro.

-No hace falta, tú lo pagas, tuyo es.

-En ese tiempo, lo habré leído, y lo habré vuelto a leer. Pero como pasa con las plantas, o con los animales, los libros tienen vida propia, y son de sus dueños. Prometo cuidarlo. Y te veo dentro de un año, cuando toda esta crisis esté resuelta, y hayamos podido salir de este bache.

-Eres extraña, pero me gusta tu trato. Aquí, tienes tu libro.

-Gracias. Y suerte.

-A ti... Por cierto, me llamo, Juan. Juan de Maeztu.

Ella ya estaba lejos de Zephyros cuando le contestó.

Estaba tratando de aliarse con la escasa brisa que llegaba entre las hojas de los enormes arboles de las ramblas, cuando Calima lo saludó.

-Primo,¿ cómo estás? Qué alegría encontrarte en estas tierras. Hacía tiempo que no te veía bajar de las tierras del norte a estos parajes. ¿Qué te trae aquí?

-Calima, como siempre llegas sin avisar, y molestando un poco, ironizó Zephyros.

-Primo, te muestras tan frío como en tus adoradas montañas. Vive un poco la alegría de esta tierra. Yo vengo cada poco, aunque sólo puedo quedarme unos días. EL jueves por la tarde me iré. El fin de semana, Siroco quiere venir a la ciudad, y como comprenderás, no tengo muchas ganas de verlo. Ese sí que anda un poco loco.

-Pensaba que quién lo volvía loco eras tú, querida prima.

-No, no, Zephyros, cuando él viene, yo me voy. Es más enérgico que yo. No cabemos ambos en la misma ciudad.

-Claro, no recordaba que cuando hay tormentas de arena, las partículas con unas dimensiones muy heterogéneas, se precipitan las de mayor peso no muy lejos y continúan las más finas a grandes distancias transportadas por el viento Siroco en las Islas Canarias.

-La gente me califica, como un fenómeno meteorológico que consiste en la presencia en la atmósfera de partículas muy pequeñas de polvo, cenizas, arcilla o arena en suspensión. Pobres ignorantes. Me encanta verlos tan confundidos, quejándose de calor. Nunca saben qué quieren. Cuando aparezco yo, quieren que llegue Siroco o los Alisios, cuando estos están por esas islas, quieren que llueva. ¡Nunca se ponen de acuerdo!

Zephyros miró al joven que se acababa de levantar de la jardinera, y que comenzaba a recoger los libros de su mesa improvisada. Después giró la cabeza, y dándole un beso a Calima, se despidió de ella.

-Haz el favor de comportarte estos días, Calima. Por mucho que la gente no sepa que quiere, o se queje por el tiempo, merece unas estaciones ejemplares. Calor y tu presencia en verano, Siroco en septiembre, Alisios en primavera. Y ahora estamos empezando la primavera. Ya tendremos tiempo de cambiar períodos y espacios.

Y diciendo esto, siguió los pasos de Juan, no sin antes, dejar en el lugar que ocupaba el joven, tres rosas de distinto tamaño y tonalidad degradada.

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2 Comments:

Blogger dragonfly said...

Me ha gustado el contraste entre las dos partes del relato. Y el detalle de la imagen perfectamente escogida (muy típica de ti)

Tengo que releerlo ...

buenas noches!

10:34 PM  
Blogger Bergeronnette said...

Decía, -tras haberse borrado todo mi comentario- que, ¿qué fue antes? ¿la historia o la foto?
A mí, particularmente, me gusta más la primera parte, pero me alegra que te haya gustado el contraste entre ambas, va relacionado con lo que escribí, "eso le permitió observar y escuchar" ;)

8:27 AM  

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